Nikos Mottas: Trump y Rubio deben ser investigados por genocidio contra la Cuba socialista

Traducido del sitio In Defense of Communism

Por Nikos Mottas

Durante más de seis décadas, Estados Unidos ha intentado disfrazar su agresiva política imperialista contra Cuba como una cuestión de «seguridad nacional», presión diplomática o preocupación por la «democracia».

Detrás de este vocabulario cuidadosamente edulcorado se esconde una realidad mucho más brutal: estrangulamiento económico, coerción política, intimidación extraterritorial y el empeoramiento deliberado de las condiciones materiales de vida de todo un pueblo por el simple hecho de que ese pueblo se niega a renunciar a su Revolución.

Bajo Donald Trump y Marco Rubio, esta política ha entrado en una fase especialmente peligrosa. Las medidas destinadas a restringir el acceso de Cuba a combustible, financiación y suministros esenciales se intensifican, pese a que ya se conocen sus consecuencias para los hospitales, el transporte, la generación de electricidad, la distribución de alimentos, el abastecimiento de agua y la salud pública. La pregunta, por tanto, se plantea con especial urgencia: ¿Puede la imposición deliberada de semejantes condiciones al pueblo cubano constituir potencialmente un genocidio conforme al derecho internacional?

Se trata de una acusación demasiado grave como para reducirla a mera retórica. Pero también de una posibilidad demasiado grave como para descartarla simplemente porque las armas utilizadas sean sanciones, bancos, prohibiciones financieras y restricciones de combustible, en lugar de bombas.

La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948 es explícita. Su Artículo II(c) reconoce como uno de los posibles actos constitutivos de genocidio el sometimiento intencional de un grupo nacional, étnico, racial o religioso a «condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial». La Convención es aplicable tanto en tiempos de paz como de guerra, mientras que su Artículo IV deja claro que los gobernantes y funcionarios públicos no están exentos de responsabilidad.

La jurisprudencia internacional ha dado un contenido concreto a esta disposición. En su sentencia de 2015 en el caso Croacia c. Serbia, la Corte Internacional de Justicia explicó que las «condiciones de existencia» contempladas en el Artículo II(c) pueden incluir la privación de alimentos, atención médica, vivienda y otras necesidades indispensables capaces de provocar la destrucción física. La Corte no determinó que se hubiera cometido genocidio en aquel caso concreto porque no se había probado la necesaria intención genocida. Pero el principio jurídico es claro: la privación deliberada de las necesidades materiales indispensables para la vida puede constituir el elemento material del genocidio.

Esta distinción es decisiva. El genocidio requiere una intención específica: no simplemente el conocimiento de que se provocarán penurias, sino la intención de destruir, total o parcialmente de manera sustancial, al grupo protegido como tal. Ningún argumento serio debería pretender que esa intención ya ha sido establecida judicialmente en el caso de Cuba. Pero tampoco puede convertirse el requisito de la intención en un cómodo escudo que impida toda investigación cuando una población nacional entera es sometida a medidas que afectan a recursos indispensables para su supervivencia.

Y en el caso de Cuba, el historial documental de la política estadounidense resulta particularmente incriminatorio.

El 6 de abril de 1960, el subsecretario adjunto de Estado de Estados Unidos Lester D. Mallory redactó un memorando que sigue siendo una de las expresiones más descarnadas de política imperialista jamás plasmadas por escrito. Mallory reconocía que la mayoría de los cubanos apoyaba a Fidel Castro y que no existía una oposición política efectiva capaz de derrocar al gobierno revolucionario. Su conclusión fue, por tanto, recomendar el debilitamiento de la vida económica cubana, privar al país de dinero y suministros y provocar «hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno».

Difícilmente puede exagerarse la importancia de este documento. Puesto que el pueblo cubano apoyaba a la Revolución, el propio pueblo cubano debía convertirse en blanco de la presión económica. El hambre y la desesperación no se presentaban como efectos colaterales lamentables. Fueron identificados conscientemente como instrumentos para lograr el derrocamiento político.

Este es el ADN histórico del bloqueo estadounidense.

Han cambiado los nombres de los presidentes y los mecanismos se han vuelto más sofisticados. Las sanciones financieras, las restricciones bancarias, las sanciones secundarias y la intimidación de terceros países han ampliado el arsenal. Sin embargo, el objetivo de clase sigue siendo reconocible: hacer que el precio material de defender el socialismo resulte tan insoportable que el pueblo cubano sea empujado hacia la rendición y la restauración capitalista.

La escalada actual otorga una renovada importancia a esa continuidad histórica. Las medidas destinadas a restringir el acceso de Cuba al combustible no afectan únicamente a los ingresos del Estado, sino al funcionamiento más elemental de la vida civil. Combustible significa electricidad. Significa hospitales en funcionamiento, ambulancias, transporte público, refrigeración, maquinaria agrícola, distribución de alimentos y bombas de agua. En una isla ya sometida a severas restricciones financieras y comerciales, estrangular deliberadamente el acceso a la energía significa interferir en prácticamente todos los sistemas de los que depende la vida humana.

Para una familia cubana, el bloqueo no es una disputa abstracta entre gobiernos. Se vive en las horas sin electricidad, en los medicamentos que no pueden conseguirse, en el transporte que no funciona y en los tratamientos hospitalarios que deben aplazarse porque faltan recursos esenciales. Es precisamente en este punto donde la guerra económica adquiere carne y sangre.

Expertos de las Naciones Unidas han advertido repetidamente sobre el impacto de las medidas coercitivas estadounidenses en el acceso a alimentos, salud, agua, saneamiento, educación y desarrollo en Cuba. Estas advertencias son importantes porque demuestran que las consecuencias humanitarias de esta política difícilmente pueden describirse como imprevistas. El conocimiento de dichas consecuencias no demuestra por sí mismo una intención genocida, pero adquiere una importancia fundamental cuando un gobierno es advertido formalmente de que sus medidas están socavando condiciones indispensables para la vida de la población y, aun así, decide endurecerlas.

La propia retórica del secretario de Estado Marco Rubio merece, por tanto, un escrutinio particular. Su declaración de que Cuba debe quedarse sin «válvulas de escape», combinada con la determinación de una administración empeñada en cerrar las vías por las que la isla pueda obtener alivio económico, no puede descartarse como simple teatro político. Cuando este lenguaje acompaña políticas que afectan a la energía, las finanzas y el acceso a bienes esenciales, resulta necesario preguntarse si el sufrimiento de la población es considerado simplemente una consecuencia no deseada o el propio mecanismo mediante el cual se espera provocar el colapso político. Eso es precisamente lo que una investigación seria debería determinar.

¿Qué evaluaciones humanitarias recibieron Trump y Rubio? ¿Qué se les comunicó acerca de los efectos de las restricciones de combustible sobre los hospitales, la electricidad, el abastecimiento de agua y la salud pública? ¿Funcionaban realmente las exenciones humanitarias o quedaban neutralizadas por el temor de bancos, aseguradoras, compañías navieras y proveedores? ¿Se toleraba la privación a regañadientes o se la consideraba útil porque se esperaba que las penurias generasen desesperación y desestabilización?

Si las pruebas demostraran que se impusieron condiciones destructivas de existencia con la intención específica exigida por el derecho internacional de destruir físicamente a una parte sustancial del grupo nacional cubano, entonces el crimen tendría un nombre preciso: genocidio.

Sin embargo, el caso jurídico contra Washington no comienza ni termina ahí. La Corte Internacional de Justicia ya ha establecido otro principio de relevancia directa para Cuba. En Nicaragua c. Estados Unidos, en 1986, la Corte sostuvo que todo Estado soberano tiene derecho a elegir libremente su sistema político, económico, social y cultural, y que la intervención coercitiva en asuntos pertenecientes a esa elección soberana viola el derecho internacional. Estados Unidos fue declarado responsable de violar los principios de no intervención y soberanía mediante sus acciones contra Nicaragua.

La implicación para Cuba es evidente. Washington no posee ningún derecho legal a decidir que el socialismo debe desaparecer de la isla. No tiene derecho a utilizar la coerción económica para obligar a otro pueblo soberano a modificar su sistema político y económico. La igualdad soberana de los Estados no deja de existir cuando a la Casa Blanca le desagrada el orden social elegido por otro pueblo.

La Corte Internacional de Justicia ya se lo ha dicho a Estados Unidos.

La jurisprudencia penal internacional reciente también refuerza el principio de que la privación puede constituir en sí misma un arma. En los procedimientos relativos a Gaza, la Corte Penal Internacional consideró la privación intencional de alimentos, agua, medicamentos, combustible y electricidad como una conducta potencialmente criminal capaz de generar responsabilidad penal individual. Cuba y Gaza son situaciones jurídica y fácticamente diferentes y ninguna comparación seria debe equipararlas mecánicamente. Pero el principio subyacente es importante: la ausencia de bombas no convierte en jurídicamente inocua una privación impuesta deliberadamente.

Estados Unidos ni siquiera puede alegar que semejante principio sea ajeno a su propio ordenamiento jurídico. En virtud del 18 U.S.C. §1091, la legislación federal estadounidense tipifica como genocidio, entre otras conductas, el sometimiento de un grupo nacional a condiciones de existencia destinadas a provocar su destrucción física, total o parcialmente de manera sustancial. La ley exige intención específica, al igual que el derecho internacional. Pero el propio Código Penal estadounidense reconoce el principio de que la destrucción puede perseguirse mediante la imposición de determinadas condiciones de vida.

Trump, Rubio y otros funcionarios responsables de la actual escalada deben, por tanto, ser investigados por cualquier autoridad competente que posea jurisdicción legal. Deben preservarse las comunicaciones internas, las evaluaciones del impacto humanitario y las deliberaciones políticas. Debe establecerse rigurosamente la relación entre las medidas adoptadas en Washington y sus consecuencias materiales en los hospitales, hogares, centros de trabajo y centrales eléctricas de Cuba.

Si las pruebas demuestran la intención específica exigida por el derecho sobre genocidio, debe procederse penalmente. Si ese umbral no se alcanza, la conducta no se vuelve repentinamente legal. Persisten cuestiones relativas a la intervención coercitiva prohibida, la persecución, posibles crímenes de lesa humanidad conforme a la jurisdicción aplicable y violaciones sistemáticas de derechos fundamentales como la vida, la salud, la alimentación y el desarrollo.

La precisión jurídica no debilita la acusación contra el imperialismo. La fortalece.

Los comunistas no albergamos ilusiones acerca del carácter de clase del actual orden internacional. El derecho internacional funciona en un mundo dominado por el capital monopolista, los bloques militares y unas relaciones enormemente desiguales entre los Estados. Su aplicación ha demostrado repetidamente un brutal doble rasero: los países más débiles son amenazados, sancionados, invadidos y procesados, mientras las grandes potencias imperialistas se arrogan privilegios que jamás tolerarían a otros.

Pero eso no constituye motivo alguno para abandonar el terreno jurídico al imperialismo. Washington sermonea incesantemente a la humanidad sobre el «derecho internacional», los «derechos humanos» y un «orden basado en reglas». Sus propias acciones deben someterse, por tanto, al mismo escrutinio. Los principios jurídicos invocados contra otros deben aplicarse también a quienes dirigen la potencia imperialista más poderosa del planeta.

Y cuando se aplican a Cuba, la contradicción resulta flagrante.

Cuba no está sometida a una guerra económica porque amenace la existencia de Estados Unidos. Semejante afirmación sería absurda. Una isla caribeña de alrededor de diez millones de habitantes no representa un peligro militar para la potencia imperialista más fuertemente armada de la historia. Las raíces de la hostilidad de Washington se encuentran en otra parte: en la propiedad, el poder y la clase.

La Revolución Cubana expropió grandes intereses capitalistas, acabó con la dominación de la vieja oligarquía burguesa y terrateniente, golpeó la posición privilegiada de los monopolios estadounidenses y proclamó el derecho a construir el socialismo a apenas noventa millas de Florida.

¡Ese fue el crimen imperdonable!

Batista podía torturar, asesinar y encarcelar porque la propiedad capitalista permanecía a salvo y los intereses estadounidenses estaban protegidos. La Cuba revolucionaria podía erradicar el analfabetismo masivo, crear un sistema universal de salud pública, desarrollar la ciencia y la medicina, enviar médicos a pueblos necesitados y derramar sangre cubana en la lucha contra el apartheid; nada de esto podía reconciliar a Washington con la Revolución porque la cuestión decisiva nunca fue humanitaria.

La cuestión decisiva era qué clase detentaba el poder.

Por tanto, el bloqueo debe entenderse por lo que realmente es: guerra de clases internacionalizada. Su objetivo estratégico no es una abstracta «transición democrática». Es revertir el resultado social de la Revolución Cubana: la restauración capitalista, el desmantelamiento del poder socialista y la reintegración de Cuba en la órbita económica y geopolítica del imperialismo estadounidense.

Su carácter extraterritorial deja todavía más al descubierto esta arrogancia imperialista. Washington no se limita a decidir lo que pueden hacer las empresas estadounidenses. Intenta dictar el comportamiento de bancos extranjeros, aseguradoras, compañías navieras, inversionistas y gobiernos soberanos, amenazándolos por mantener relaciones económicas con Cuba. El tan celebrado «orden internacional basado en reglas» se vuelve repentinamente muy flexible cuando están en juego los intereses del imperialismo estadounidense.

El cinismo alcanza su expresión más grotesca cuando Washington señala después las penurias generadas por la guerra económica como prueba del fracaso del socialismo. Restringe el acceso de Cuba a la energía y señala los apagones. Obstaculiza las finanzas y las transacciones internacionales y después da lecciones a La Habana sobre «ineficiencia». Ahuyenta a los proveedores y posteriormente presenta la escasez como prueba contra la propiedad social.

El imperialismo contribuye a abrir la herida y después señala la sangre como prueba de que la víctima está enferma.

El pueblo cubano no necesita la compasión humanitaria de Washington. Necesita que Washington quite sus manos de Cuba. Necesita que se levante el bloqueo, que se respete su soberanía y que se reconozca su derecho a determinar su propio sistema social sin chantaje económico, amenazas ni políticas calculadas para generar hambre y desesperación.

Trump, Rubio y sus colaboradores deben, por tanto, responder por la política que conscientemente intensifican. La posibilidad de que determinados elementos de esa política puedan entrar en el marco jurídico del genocidio debe investigarse seriamente, especialmente cuando la privación de recursos indispensables se combina con una estrategia abiertamente proclamada de eliminar las «válvulas de escape» económicas de Cuba.

Pero los comunistas no debemos confundir los tribunales con el campo de batalla decisivo.

La estrategia de Washington siempre ha descansado sobre un cálculo político: hacer la vida cotidiana lo suficientemente dura, agotar a la población, transformar la escasez en desmoralización, convertir la desmoralización en contrarrevolución y conseguir mediante el estrangulamiento económico lo que la invasión, el sabotaje, el terrorismo y décadas de subversión no han podido conseguir.

Su verdadero objetivo no es simplemente el gobierno cubano. Es el propio poder revolucionario.

Por esta razón, la condena definitiva de los responsables no puede medirse únicamente en acusaciones formales o decisiones judiciales. Se medirá, ante todo, por el fracaso de su estrategia.

La respuesta a un imperialismo que convierte la privación en un arma contra el socialismo no puede ser retroceder ante el socialismo. Debe ser el fortalecimiento del poder obrero y popular, la defensa de la propiedad social, una planificación socialista más eficaz, una participación popular más profunda y la movilización inquebrantable de las capacidades productivas de Cuba al servicio de las necesidades de la clase trabajadora y del pueblo.

En otras palabras: más socialismo, no menos.

Si se demuestra la intención específica exigida por el derecho internacional, Trump, Rubio y cualquier otro funcionario responsable deberán responder por genocidio contra el pueblo cubano. Las pruebas deberán determinar esa cuestión jurídica.

La Historia, sin embargo, pronunciará otra sentencia.

Será la continuidad de la Revolución Cubana, la resistencia del pueblo cubano, la derrota de todo proyecto de restauración capitalista y la profundización de la construcción socialista en suelo cubano.

Durante más de seis décadas, el imperialismo estadounidense ha intentado demostrar que Cuba no puede seguir siendo soberana, revolucionaria y socialista. Su condena más devastadora será una Cuba que demuestre, una vez más, que sí puede.

Notas

  1. ONU — Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio
  2. La CIJ señala que las «condiciones de existencia» pueden incluir la privación de alimentos, atención médica, vivienda o ropa, la falta de higiene y el agotamiento, siempre que la conducta esté dirigida a provocar la destrucción física. CIJ — Croacia c. Serbia, sentencia de 3 de febrero de 2015
  3. U.S. Department of State — Memorando de Lester D. Mallory, 6 de abril de 1960
  4. CIJ — Nicaragua c. Estados Unidos, sentencia de 27 de junio de 1986
  5. Corte Penal Internacional — Situación en el Estado de Palestina
  6. 18 U.S.C. §1091 — Genocide

* Nikos Mottas es el redactor jefe de En Defensa del Comunismo.

https://www.idcommunism.com/2026/08/trump-and-rubio-should-be-investigated-for-genocide-against-socialist-cuba.html

Fidel Castro a los 100 años: La historia lo ha absuelto!

Por Nikos Mottas

«El socialismo es y será la esperanza, la única esperanza, el único camino para los pueblos, los oprimidos, los explotados, los saqueados. El socialismo es la única alternativa».
— Fidel Castro Ruz

Un siglo después del nacimiento de Fidel Castro Ruz, el 13 de agosto de 1926, el odio dirigido contra él apenas ha disminuido. Casi diez años después de su muerte, el mismo vocabulario continúa repitiéndose con notable persistencia: «dictador», «tirano», «totalitario». Fidel es vilipendiado, la Revolución Cubana es calumniada, sus conquistas son negadas o relegadas a incómodas notas al pie, mientras la Cuba que existía antes de enero de 1959 es cuidadosamente apartada de la escena.

Hay algo muy revelador en esta persistencia. El mundo burgués no se pasa décadas combatiendo fantasmas inofensivos. Lo que los enemigos de Fidel no pueden soportar no es simplemente el recuerdo de un gigante revolucionario, sino aquello que la Revolución Cubana demostró en la práctica: que la propiedad capitalista no es eterna, que la dominación imperialista puede quebrarse y que el poder político puede pasar a manos de fuerzas decididas a reorganizar la sociedad en función de las necesidades del pueblo trabajador y no de la rentabilidad del capital.

El camino revolucionario se abrió el 26 de julio de 1953, cuando un grupo de jóvenes rebeldes encabezados por Fidel, que entonces tenía 26 años, atacó el Cuartel Moncada en Santiago de Cuba para golpear a la dictadura de Fulgencio Batista. La operación fracasó militarmente. Muchos de los revolucionarios fueron asesinados después de ser capturados, mientras Fidel fue detenido, juzgado y encarcelado. Sin embargo, el Moncada se convirtió en el punto de partida político del proceso que, menos de seis años después, derrocaría a Batista y cambiaría el curso de la historia cubana.

Fue durante su juicio cuando Fidel pronunció el alegato de defensa cuyas palabras finales quedarían para siempre unidas a su nombre: «Condenadme, no importa, la historia me absolverá». Eran las palabras desafiantes de un joven revolucionario ante los tribunales de la dictadura, pero expresaban algo más profundo: la convicción de que el pueblo cubano podía dejar de ser objeto de la dominación extranjera y de la explotación capitalista para convertirse en artífice consciente de su propia historia.

La victoria de enero de 1959 no significó simplemente la sustitución de un gobierno por otro. Si Batista hubiera sido reemplazado por un administrador más respetable del mismo orden social, Washington habría podido convivir con ello. La dictadura nunca había inquietado a Estados Unidos mientras los intereses capitalistas y su dominación estuvieran garantizados.

La Revolución hizo algo radicalmente distinto. La Reforma Agraria golpeó a los grandes terratenientes. Las nacionalizaciones enfrentaron a los monopolios extranjeros y a la burguesía cubana. Los sectores fundamentales de la economía fueron pasando progresivamente de la propiedad capitalista a manos del nuevo poder. Cuba rompió las cadenas de dependencia que la habían atado económica y políticamente a Estados Unidos y abrió el camino hacia la construcción socialista. Allí estuvo la verdadera ruptura.

Antes de la Revolución, Cuba era formalmente independiente, pero se encontraba económicamente subordinada. El azúcar dominaba una economía fuertemente dependiente del capital extranjero. Los grandes latifundios coexistían con una profunda pobreza rural. La Habana se vendía al exterior bajo el brillo de los casinos, los hoteles de lujo, la prostitución y el crimen organizado, mientras detrás de aquella fachada existía otra Cuba: desempleo, analfabetismo, viviendas miserables y profundas desigualdades de clase.

Batista torturaba y asesinaba a sus opositores políticos, pero Washington seguía siendo su aliado. La cuestión decisiva nunca fue una «democracia» abstracta. Era una cuestión de intereses de clase. Batista defendía la propiedad capitalista y la dominación estadounidense; la Revolución desafió ambas.

Por eso la Cuba prerrevolucionaria debe desaparecer del relato anticomunista. En cuanto vuelve a ocupar su lugar en la historia, surgen preguntas imposibles de eludir: ¿Quiénes perdieron latifundios, monopolios, privilegios y poder político después de 1959? ¿Y quiénes conquistaron escuelas, hospitales, tierra, derechos sociales y soberanía?

Las conquistas que siguieron no fueron milagros ni regalos concedidos desde arriba por un dirigente excepcional. Tenían sus raíces en el propio cambio de poder. El analfabetismo masivo fue prácticamente erradicado. La educación se convirtió en un derecho social universal. Se creó un sistema nacional de salud pública. Cuba formó generaciones de médicos, maestros, científicos, ingenieros y otros profesionales en una escala extraordinaria para un país de su tamaño. Las mujeres se incorporaron a la vida económica, política y social en proporciones incomparablemente mayores, mientras la ciencia, la cultura y el deporte se abrieron a las amplias masas populares.

El socialismo no eliminó por decreto las contradicciones, los errores ni las deformaciones burocráticas. Ningún comunista serio afirmaría semejante cosa. Lo que la experiencia cubana demostró fue algo mucho más importante: cuando la ganancia privada dejó de ser el criterio supremo, la sociedad pudo dirigir enormes recursos humanos y materiales hacia necesidades que el capitalismo ignora sistemáticamente.

El internacionalismo cubano se convirtió en una de las expresiones más elevadas de esta nueva moral social. En él puede reconocerse algo de lo que el Che Guevara quiso expresar cuando habló de la formación del «hombre nuevo»: no un individuo moldeado por la competencia y la acumulación privada, sino un participante consciente en la lucha colectiva, la solidaridad y la construcción socialista.

Personal médico cubano viajó a Chile después del devastador terremoto de 1960 y, tres años más tarde, a la recién independizada Argelia. Durante las décadas siguientes, médicos, enfermeros, maestros y otros especialistas recorrieron América Latina, África y Asia, llegando con frecuencia a lugares donde el capital no veía posibilidad alguna de obtener ganancias.

Ese internacionalismo también empuñó las armas cuando la historia lo exigió. En Angola, los internacionalistas cubanos cruzaron el Atlántico no para adquirir colonias, apoderarse de minas u obtener concesiones para corporaciones cubanas, sino para ayudar a un pueblo que combatía una agresión respaldada por la Sudáfrica del apartheid. Su sangre fue derramada a miles de kilómetros de La Habana en una lucha cuyos golpes se sintieron desde Angola y Namibia hasta los propios cimientos del apartheid.

Aquí, el contraste con el imperialismo adquiere una claridad casi brutal. El rastro histórico del imperialismo estadounidense está sembrado de golpes de Estado, invasiones, guerras por intermediarios, operaciones de asesinato, dictaduras reaccionarias y estrangulamiento económico contra pueblos que se atrevieron a rechazar la sumisión. Sus tentáculos se han extendido por toda América Latina y mucho más allá: un pulpo imperialista que envuelve países enteros con bases militares, monopolios, coerción financiera e intervención política mientras habla, invariablemente, en nombre de la «libertad».

Cuba cometió el crimen imperdonable de cortar esos tentáculos.

Durante más de seis décadas, Estados Unidos ha impuesto al heroico pueblo cubano un bloqueo económico, comercial y financiero: una política genocida de guerra económica destinada a agotar a toda una sociedad, sembrar penurias y crear las condiciones para derrotar a la Revolución desde dentro. Han cambiado los presidentes, han variado las tácticas y determinadas medidas se han endurecido o flexibilizado, pero el objetivo estratégico ha permanecido intacto.

El bloqueo no es una abstracción ni una excusa universal. Sus consecuencias penetran en los hospitales, las fábricas, las centrales eléctricas y los hogares cubanos. Obstaculiza el acceso a financiación, medicamentos, tecnología, combustible, maquinaria y piezas de repuesto; su carácter extraterritorial amenaza a bancos, navieras y empresas situadas a miles de kilómetros de Cuba. El cálculo que lo sustenta es tan cínico como sencillo: hacer la vida suficientemente insoportable para que, tal vez, el sufrimiento consiga aquello que la invasión, el sabotaje y el aislamiento político no lograron.

Sin embargo, los marxistas no necesitan explicar cada dificultad de Cuba únicamente a través del bloqueo. Han existido debilidades burocráticas, errores de planificación, medidas ineficaces, baja productividad y otras contradicciones internas que deben ser afrontadas. La construcción socialista no avanza únicamente mediante elogios, y la crítica dirigida a corregir debilidades resulta indispensable. Pero eso no tiene nada que ver con la «crítica» de quienes prescriben siempre la misma cura para todos los problemas cubanos: desmantelar el socialismo, restaurar la propiedad capitalista y devolver la isla al abrazo del capital estadounidense.

La prueba histórica más dura de la Revolución llegó con el derrocamiento contrarrevolucionario del socialismo en la Unión Soviética y Europa del Este. Cuba perdió casi de la noche a la mañana sus principales relaciones económicas y entró en el devastador Período Especial. La producción se desplomó, escaseó el combustible, el transporte se deterioró y las carencias se agravaron. Washington, Miami y buena parte de la prensa burguesa comenzaron a preparar el obituario de la Revolución.

Se apresuraron.

El pueblo cubano soportó enormes sacrificios, pero la restauración capitalista no llegó. Un pequeño país socialista, situado apenas a noventa millas de la potencia imperialista más poderosa del planeta y privado de repente del marco económico internacional del que dependía buena parte de su economía, permaneció en pie. El imperialismo esperaba que la Revolución Cubana quedara sepultada bajo los escombros de la URSS.

Más de tres décadas después, todavía sigue esperando.

Es sobre este trasfondo donde la dimensión histórica de Fidel Castro aparece con toda su magnitud. La Revolución Cubana no fue obra de un solo hombre. Las revoluciones las hacen las masas, mediante la lucha organizada y bajo condiciones históricas concretas. Pero negar el papel excepcional de Fidel sería tan absurdo como reducir la Revolución a su personalidad.

Se convirtió en uno de los gigantes del movimiento revolucionario del siglo XX no porque la historia le hubiera otorgado alguna cualidad mística, sino porque su vida llegó a ser inseparable de una revolución que derrocó a Batista, enfrentó a la burguesía cubana y al imperialismo estadounidense, defendió el poder socialista en medio de pruebas extraordinarias y colocó a una pequeña isla del Caribe del lado de los pueblos que luchaban contra el colonialismo, el apartheid y la dominación imperialista en todo el mundo.

Fidel tampoco necesita ser convertido en santo. El marxismo no necesita santos. Cometió errores; la Revolución cometió errores. Se corrigieron políticas, fracasaron experimentos y en ocasiones se subestimaron contradicciones. La cuestión histórica decisiva no consiste en determinar si hubo errores, sino en saber contra qué intereses de clase se combatía, qué poder se defendía y en qué dirección luchaba por avanzar la sociedad cubana.

Esa cuestión sigue siendo decisiva hoy.

Cuba enfrenta graves dificultades. La escasez, la inflación, la emigración, el deterioro de las infraestructuras y los prolongados cortes eléctricos pesan duramente sobre su pueblo. Las grandes conquistas de décadas anteriores no pueden sustituir las soluciones a los problemas del presente. El poder socialista debe enfrentar estas contradicciones, mejorar la planificación, liberar la iniciativa de los trabajadores y del pueblo y resistir todo camino que conduzca hacia la restauración capitalista.

Y aquí, una vez más, la línea de clase es inequívoca. Washington no busca un socialismo «mejor» en Cuba. Tampoco reclama simplemente una reforma administrativa. Su objetivo es revertir 1959: restaurar la propiedad capitalista y el poder burgués, y devolver a Cuba a la órbita económica y política del imperialismo estadounidense.

Por eso Fidel continúa provocando tanta hostilidad.

El verdadero enemigo nunca fue simplemente un revolucionario barbudo nacido en Birán. Fue, y sigue siendo, el ejemplo mismo de la Revolución Cubana: la prueba de que las clases explotadoras pueden perder el poder, de que la propiedad capitalista puede ser expropiada, de que el imperialismo puede ser desafiado y de que un pueblo considerado pequeño y prescindible puede negarse a ocupar el lugar que los poderosos le han asignado.

Eso es lo que se esconde detrás de los interminables sermones sobre la «dictadura de Castro». Los trabajadores no deben preguntarse cómo era Cuba antes de 1959. No deben preguntarse qué clases perdieron su riqueza y sus privilegios, por qué Washington abrazó a Batista pero trató de destruir a la Cuba revolucionaria, ni por qué generaciones de gobiernos estadounidenses han considerado a una pequeña isla caribeña un enemigo tan intolerable.

Sobre todo, no deben formular la pregunta más peligrosa de todas: ¿Qué podría lograr la humanidad si las inmensas fuerzas productivas creadas por el trabajo pertenecieran a quienes producen la riqueza de la sociedad y estuvieran organizadas para satisfacer las necesidades humanas en lugar de enriquecer a una minoría?

Marx puso al descubierto la contradicción fundamental de una sociedad en la que quienes crean la riqueza no la controlan. Cuba se atrevió a trasladar esa crítica desde las páginas de la teoría al terreno donde, en última instancia, se decide toda cuestión revolucionaria: la cuestión del poder.

Fidel Castro contribuyó a colocar esa cuestión ante la historia.

Cuando estuvo ante el tribunal de Batista después del Moncada y declaró que la historia lo absolvería, ni él ni sus jueces podían saber todo lo que vendría después. Batista caería. Los mercenarios de Playa Girón serían derrotados. Cuba proclamaría el carácter socialista de su Revolución. Los internacionalistas cubanos se enfrentarían a las fuerzas del apartheid en África. Médicos y maestros, sin más armas que el conocimiento y la solidaridad, recorrerían continentes. La Unión Soviética desaparecería, y la Cuba socialista seguiría en pie.

La historia no dicta sentencias como un tribunal burgués. Tampoco absuelve a los revolucionarios de todos sus errores. Su juicio se escribe en los intereses por los que lucharon, en los enemigos a los que enfrentaron, en las transformaciones que ayudaron a realizar y en las posibilidades que su lucha abrió para quienes vinieron después.

Vista así, la respuesta al desafío que Fidel lanzó a sus jueces llegó hace mucho tiempo.

Su centenario no debe ser, por tanto, un ejercicio de nostalgia ni una ocasión para transformar a un revolucionario en una inofensiva estatua de bronce. Fidel no pertenece a un museo, sino a la historia viva de la lucha entre explotación y emancipación, entre imperialismo y soberanía, entre capitalismo y socialismo.

Cien años después de su nacimiento, el coloso imperialista que durante más de seis décadas ha intentado poner de rodillas a Cuba todavía no ha conseguido su objetivo. La isla no ha regresado a la Cuba de los casinos, los latifundios y los amos extranjeros. Pese al sufrimiento, las contradicciones y un cerco económico de extraordinaria duración y crueldad, la restauración capitalista no ha prevalecido.

Ahí reside el odio persistente de la burguesía. Y ahí reside también la lección para la clase obrera y los pueblos del mundo.

Fidel Castro fue condenado por los tribunales de Batista, perseguido por el imperialismo y vilipendiado durante décadas por sus apologistas. Un siglo después de su nacimiento, la causa a la que entregó su vida permanece inconclusa, asediada y viva en suelo cubano. El gigante se ha ido, pero la Revolución que lo forjó —y que él contribuyó a forjar— perdura y seguirá existiendo.

¡La historia lo ha absuelto!

* Nikos Mottas es el redactor jefe de En Defensa del Comunismo.

Traducido del original: Fidel Castro at 100: History Has Absolved Him!

Fidel Castro at 100: History Has Absolved Him!

By Nikos Mottas 

“Socialism is and will be the hope, the only hope, the only path for the peoples, the oppressed, the exploited, the plundered. Socialism is the only alternative»  — Fidel Castro Ruz

A century after the birth of Fidel Castro Ruz, on 13 August 1926, the hatred directed against him has hardly diminished. Nearly ten years after his death, the same vocabulary is repeated with remarkable persistence: “dictator,” “tyrant,” “totalitarian.” Fidel is vilified, the Cuban Revolution is slandered, its achievements are denied or reduced to inconvenient footnotes, while the Cuba that existed before January 1959 is carefully pushed out of sight.

There is something revealing in this persistence. The bourgeois world does not spend decades fighting harmless ghosts. What remains intolerable to Fidel’s enemies is not simply the memory of a revolutionary giant, but what the Cuban Revolution proved in practice: that capitalist ownership is not eternal, that imperialist domination can be broken, and that political power can pass into the hands of forces determined to reorganize society according to the needs of the working people rather than the profitability of capital.

The revolutionary road opened on 26 July 1953, when a group of young rebels led by the 26-year-old Fidel attacked the Moncada Barracks in Santiago de Cuba against the dictatorship of Fulgencio Batista. The operation failed militarily. Many of the revolutionaries were murdered after their capture, while Fidel was arrested, tried and imprisoned. Yet Moncada became the political starting point of the process that, less than six years later, would overthrow Batista and change the course of Cuban history.

It was during his trial that Fidel delivered the defense whose closing words became inseparable from his name: “Condemn me. It does not matter. History will absolve me.” They were the defiant words of a young revolutionary before the courts of the dictatorship, but they expressed something deeper: the conviction that the Cuban people could cease being an object of foreign domination and capitalist exploitation and become the conscious makers of their own history.

The victory of January 1959 was not simply the replacement of one government by another. Had Batista been succeeded by a more respectable manager of the same social order, Washington could have lived with it. Dictatorship itself had never troubled the United States when capitalist interests and U.S. domination were secure.

The Revolution did something fundamentally different. Agrarian reform struck at the great landowners. Nationalizations confronted foreign monopolies and the Cuban bourgeoisie. The commanding sectors of the economy were progressively removed from capitalist ownership. Cuba broke the chains of dependency that had tied it economically and politically to the United States and opened the road to socialist construction. There lay the real rupture.

Before the Revolution, Cuba was formally independent but economically subordinated. Sugar dominated an economy heavily dependent on foreign capital. Large estates coexisted with deep rural poverty. Havana was sold abroad through the glitter of casinos, luxury hotels, prostitution and organized crime, while behind that façade stood another Cuba: unemployment, illiteracy, miserable housing and profound class inequalities.

Batista tortured and murdered political opponents, but Washington remained his ally. The decisive question was never abstract “democracy.” It was class interest. Batista defended capitalist property and U.S. domination; the Revolution challenged both.

That is why pre-revolutionary Cuba must disappear from the anti-communist account. Once it is restored to the picture, the essential questions become unavoidable: Who lost estates, monopolies, privilege and political power after 1959? And who gained schools, hospitals, land, social rights and sovereignty?

The gains that followed were neither miracles nor gifts bestowed from above by one exceptional leader. They were rooted in the change of power itself. Mass illiteracy was virtually eliminated. Education became a universal social right. A nationwide public health system was created. Cuba trained generations of doctors, teachers, scientists, engineers and other professionals on a scale remarkable for a country of its size. Women entered economic, political and social life in vastly greater numbers, while science, culture and sport were opened to the broad masses of the people.

Socialism did not abolish contradictions, mistakes or bureaucratic distortions. No serious communist would claim that it did. What the Cuban experience demonstrated was something more important: once private profit ceased to be the supreme criterion, society could direct enormous human and material resources toward needs that capitalism routinely neglects.

Cuban internationalism became one of the finest expressions of this new social morality. In it one can recognize something of what Che Guevara meant when he spoke of the formation of a new human being: not a creature of individual competition and private accumulation, but a conscious participant in collective struggle, solidarity and socialist construction.

Cuban medical personnel went to Chile after the devastating earthquake of 1960 and, three years later, to newly independent Algeria. In the decades that followed, doctors, nurses, teachers and other specialists travelled across Latin America, Africa and Asia, often reaching places from which capital saw no profit to be made.

That internationalism also took up arms when history demanded it. In Angola, Cuban internationalists crossed the Atlantic not to acquire colonies, seize mines or obtain concessions for Cuban corporations, but to assist a people fighting aggression backed by apartheid South Africa. Their blood was shed thousands of kilometres from Havana in a struggle whose blows were felt from Angola and Namibia to the very foundations of apartheid.

Here the contrast with imperialism becomes almost brutal in its clarity. The historical trail of U.S. imperialism is littered with coups, invasions, proxy wars, assassination operations, reactionary dictatorships and the economic strangulation of peoples who dared refuse submission. Its tentacles have stretched across Latin America and far beyond it — an imperialist octopus wrapping military bases, monopolies, financial coercion and political intervention around entire countries while speaking, invariably, in the language of “freedom.”

Cuba committed the unforgivable crime of cutting those tentacles.

For more than six decades, the United States has imposed on the heroic Cuban people an economic, commercial and financial blockade — a genocidal policy of economic warfare aimed at exhausting an entire society, sowing hardship and creating the conditions for the defeat of the Revolution from within. Presidents have changed, tactics have shifted and particular measures have been tightened or loosened, but the strategic objective has remained intact.

The blockade is neither an abstraction nor an all-purpose excuse. Its consequences enter hospitals, factories, power stations and Cuban homes. It obstructs access to financing, medicines, technology, fuel, machinery and spare parts; its extraterritorial reach threatens banks, shipping companies and businesses thousands of kilometres from Cuba. The calculation behind it is as cynical as it is simple: make life unbearable enough, and perhaps suffering can accomplish what invasion, sabotage and political isolation failed to achieve.

Yet Marxists have no need to explain every Cuban difficulty through the blockade. Bureaucratic weaknesses, errors in planning, ineffective measures, low productivity and other internal contradictions have existed and must be confronted. Socialist construction does not advance through praise alone, and criticism directed at correcting weaknesses is indispensable. But that has nothing in common with the “criticism” of those for whom every Cuban problem has the same prescribed cure: dismantle socialism, restore capitalist property and return the island to the embrace of U.S. capital.

The Revolution’s harshest historical test came with the counterrevolutionary overthrow of socialism in the Soviet Union and Eastern Europe. Cuba lost its principal economic relations almost overnight and entered the devastating Special Period. Production collapsed, fuel became scarce, transport deteriorated and shortages deepened. Washington, Miami and much of the bourgeois press began preparing the Revolution’s obituary. It was premature.

The Cuban people endured enormous sacrifices, but capitalist restoration did not follow. A small socialist country, only ninety miles from the most powerful imperialist state on earth and suddenly deprived of the international economic framework on which much of its economy had depended, remained standing. Imperialism expected the Cuban Revolution to be buried beneath the ruins of the USSR. More than three decades later, it is still waiting.

It is against this background that Fidel Castro’s stature comes fully into view. The Cuban Revolution was not the work of one man. Revolutions are made by masses, through organized struggle and under concrete historical conditions. But denying Fidel’s exceptional role would be as absurd as reducing the Revolution to his personality.

He became one of the giants of the revolutionary movement of the twentieth century not because history granted him some mystical quality, but because his life became inseparable from a revolution that overthrew Batista, confronted the Cuban bourgeoisie and U.S. imperialism, defended socialist power through extraordinary trials and placed a small Caribbean island on the side of peoples fighting colonialism, apartheid and imperialist domination across the world.

Nor does Fidel need to be transformed into a saint. Marxism has no use for saints. He made mistakes; the Revolution made mistakes. Policies were corrected, experiments failed and contradictions were sometimes underestimated. The decisive historical question is not whether errors occurred, but which class interests were being fought, which power was being defended and in which direction Cuban society was struggling to advance.

That question remains decisive today.

Cuba faces grave difficulties. Shortages, inflation, migration, deteriorating infrastructure and prolonged electricity cuts weigh heavily on its people. The great achievements of earlier decades cannot substitute for solutions to the problems of the present. Socialist power must confront these contradictions, improve planning, unleash the initiative of the working people and resist every road that leads toward capitalist restoration.

And here again, the class line is unmistakable. Washington does not seek a “better” socialism in Cuba. It does not merely demand administrative reform. Its objective is the reversal of 1959: the restoration of capitalist property, bourgeois power and Cuba’s return to the economic and political orbit of U.S. imperialism.

That is why Fidel still provokes such hostility.

The real enemy was never one bearded revolutionary from Birán. It was, and remains, the example of the Cuban Revolution itself: proof that the exploiting classes can lose power, that capitalist property can be expropriated, that imperialism can be defied and that a people considered small and expendable can refuse the place assigned to it by the powerful.

This is what lies beneath the endless sermons about “Castro’s dictatorship.” Workers must not ask what Cuba was before 1959. They must not ask which classes lost their wealth and privileges, why Washington embraced Batista but sought to destroy revolutionary Cuba, or why generations of U.S. governments have considered a small Caribbean island such an intolerable enemy.

Above all, they must not ask the most dangerous question of all: What could humanity achieve if the immense productive forces created by labour belonged to those who produce society’s wealth and were organized to satisfy human needs rather than enrich a minority?

Marx exposed the fundamental contradiction of a society in which those who create its wealth do not control it. Cuba dared to carry that critique from the pages of theory into the terrain where every revolutionary question is ultimately decided: the question of power.

Fidel Castro helped place that question before history.

When he stood before Batista’s court after Moncada and declared that history would absolve him, neither he nor his judges could have known everything that would follow. Batista would fall. The mercenaries at Playa Girón would be defeated. Cuba would proclaim the socialist character of its Revolution. Cuban internationalists would confront the forces of apartheid in Africa. Doctors and teachers bearing no weapons other than knowledge and solidarity would travel across continents. The Soviet Union would disappear — and socialist Cuba would remain.

History does not deliver verdicts in the manner of a bourgeois court. Nor does it absolve revolutionaries of every error. Its judgment is written in the interests they fought for, the enemies they confronted, the transformations they helped achieve and the possibilities their struggle opened for those who came after them.

By that measure, Fidel’s challenge to his judges has long since received its answer.

His centenary should therefore be neither an exercise in nostalgia nor an occasion to turn a revolutionary into a harmless bronze statue. Fidel belongs not in a museum, but in the living history of the struggle between exploitation and emancipation, imperialism and sovereignty, capitalism and socialism.

A hundred years after his birth, the imperialist colossus that has tried for more than six decades to bring Cuba to its knees has still not achieved its objective. The island has not returned to the Cuba of the casinos, the latifundia and foreign masters. Despite suffering, contradictions and an economic siege of extraordinary duration and cruelty, capitalist restoration has not prevailed.

Therein lies the bourgeoisie’s continuing hatred. And therein lies the lesson for the working class and the peoples of the world.

Fidel Castro was condemned by Batista’s courts, hunted by imperialism and vilified for decades by its apologists. A century after his birth, the cause to which he gave his life remains unfinished, embattled and alive on Cuban soil. The giant has gone, but the Revolution that made him — and that he helped make — endures — and will continue to exist.

History has absolved him!

* Nikos Mottas is the Editor-in-Chief of In Defense of Communism.     

Source: In Defense of Communism

Raúl Castro es un héroe: Los verdaderos criminales son los imperialistas estadounidenses

Por Nikos Mottas

Raúl Castro no es, bajo ningún concepto, un criminal, por más desesperadamente que la administración Trump intente presentarlo como tal. Es un revolucionario que dedicó su vida a la lucha contra la dictadura, la dominación extranjera y la explotación capitalista en Cuba. Las renovadas amenazas en torno a una posible orden de arresto estadounidense contra él no son más que otro acto de arrogancia imperial por parte de un Estado que lleva más de sesenta años intentando asfixiar a la Revolución Cubana mediante el bloqueo, el sabotaje, la guerra económica y la agresión política permanente.

La hipocresía de Washington es difícil de exagerar. Los mismos Estados Unidos que invadieron países, organizaron golpes de Estado, armaron fuerzas reaccionarias y destruyeron sociedades enteras en defensa de sus intereses geopolíticos, ahora pretenden presentarse como defensores de la “justicia” y la “democracia”. El mismo establishment político que financia guerras, respalda castigos colectivos y apoya abiertamente regímenes criminales en todo el mundo, de repente pretende arrogarse autoridad moral cuando se trata de la Cuba revolucionaria.

Estados Unidos también tiene una larga historia de protección y legitimación de extremistas violentos anticastristas que operan desde Miami: individuos y redes vinculados al sabotaje, los atentados y décadas de agresión terrorista contra Cuba. Ese mismo establishment político intenta ahora dar lecciones al mundo sobre “justicia” y “democracia”.

Raúl Castro pertenece a la generación histórica que derrocó la dictadura de Batista, un régimen de represión, corrupción y total subordinación a los intereses económicos estadounidenses. Junto a Fidel Castro, Che Guevara y miles de revolucionarios cubanos, aquella generación transformó Cuba de un patio trasero de corporaciones norteamericanas e intereses mafiosos en un país independiente que garantizó salud pública, educación, alfabetización y dignidad a millones de personas humildes.

Esa es la verdadera razón por la que Cuba ha sido atacada durante décadas. Como dijo célebremente Fidel Castro: “No nos perdonan haber hecho una Revolución socialista bajo las propias narices de los Estados Unidos.”

Durante más de sesenta años, Estados Unidos ha intentado quebrar a la Revolución Cubana por todos los medios posibles. Estrangulamiento económico, aislamiento diplomático, planes de asesinato, campañas de desestabilización e interminables sanciones fueron diseñados para obligar a Cuba a volver a la dependencia y la sumisión. Y, sin embargo, Cuba resistió. A pesar de enormes dificultades, la Cuba socialista alcanzó conquistas sociales que siguen estando fuera del alcance de amplios sectores de la población incluso dentro de los países capitalistas más ricos.

Donald Trump y las fuerzas cada vez más reaccionarias que lo rodean representan el rostro más agresivo del imperialismo estadounidense contemporáneo. Su obsesión con Cuba no tiene absolutamente nada que ver con los “derechos humanos”. Cuba sigue siendo un objetivo porque representa un acto histórico de desafío: un pequeño país que resistió el poder de Estados Unidos y sobrevivió. Esa realidad continúa enfureciendo al establishment imperial en Washington.

La campaña contra Raúl Castro, por lo tanto, no está dirigida simplemente contra un individuo. Es un ataque contra toda la legitimidad histórica de la Revolución Cubana. Busca criminalizar la propia lucha antiimperialista mientras borra el largo historial de violencia, intervenciones y dominación ejercidas por Estados Unidos en América Latina y el resto del mundo.

Pero existe una memoria histórica que el imperialismo no puede borrar tan fácilmente.

Millones de personas en todo el mundo siguen viendo la Revolución Cubana como un símbolo de soberanía, resistencia y solidaridad internacional. Más allá de los debates que puedan existir sobre el camino seguido por Cuba, hay un hecho innegable: la Revolución rompió las cadenas de la dominación extranjera y demostró que incluso una pequeña nación podía enfrentarse al poder imperial sin rendirse.

Pase lo que pase, Raúl Castro seguirá formando parte de esa historia gloriosa. En cambio, los arquitectos de las sanciones, la agresión y la dominación imperial pasarán a formar parte del largo historial de imperialismo, opresión y violencia.

* Nikos Mottas es el redactor jefe de En Defensa del Comunismo.

Traducido del original: Raúl Castro is a hero: The real criminals are the U.S. Imperialists

20+1 MITOS Y VERDADES SOBRE CUBA – El nuevo libro de Nikos Mottas se publicó en Grecia

NIKOS MOTTAS
20+1 MITOS Y VERDADES SOBRE CUBA
REVOLUCIÓN – CONSTRUCCIÓN SOCIALISTA – PROPAGANDA IMPERIALISTA

El nuevo libro de Nikos Mottas, titulado “20+1 MITOS Y VERDADES SOBRE CUBA”, ha sido publicado en el idioma griego por Ediciones New Star.

Una isla que resistió el asedio imperialista más prolongado de los siglos XX y XXI. Un pueblo que eligió vivir con dignidad, a pesar de la pobreza, los bloqueos y las amenazas. Un experimento social que —con todas sus contradicciones— no se limitó a cuestionar gobiernos o regímenes, sino el propio sistema de dominación capitalista.

Este libro intenta arrojar luz sobre aspectos cruciales de la Revolución Cubana, del proceso de construcción socialista, así como de la implacable propaganda que la acompaña hasta nuestros días. Con profundidad histórica, coherencia teórica y realismo político, examina los dilemas, las victorias y las derrotas de un ejemplo histórico único.

Cuba no es un vestigio de otra época, sino una prueba de que siguen existiendo caminos alternativos de desarrollo y organización social. Cien años después del nacimiento de Fidel Castro, la llama de la revolución continúa ardiendo. No como un “mausoleo de ideas superadas”, como pretende presentarlo el discurso ideológico dominante del capitalismo, sino como un recordatorio vivo de que el socialismo-comunismo sigue siendo más necesario y actual que nunca.

Nikos Mottas es politólogo, autor y periodista. Entre otras publicaciones, es autor del libro «Che Guevara, Embajador de la Revolución» (2021).

Νίκος Μόττας: 20+1 ΜΥΘΟΙ ΚΑΙ ΑΛΗΘΕΙΕΣ ΓΙΑ ΤΗΝ ΚΟΥΒΑ από τις Εκδόσεις New Star

20 + 1 ΜΥΘΟΙ ΚΑΙ ΑΛΗΘΕΙΕΣ ΓΙΑ ΤΗΝ ΚΟΥΒΑ

ΕΠΑΝΑΣΤΑΣΗ – ΣΟΣΙΑΛΙΣΤΙΚΗ ΟΙΚΟΔΟΜΗΣΗ – ΙΜΠΕΡΙΑΛΙΣΤΙΚΗ ΠΡΟΠΑΓΑΝΔΑ

Το νέο βίβλίο του Νίκου Μόττα από τις Εκδόσεις «Νew Star»

Ένα νησί που άντεξε την πιο μακρόχρονη ιμπεριαλιστική πολιορκία του 20ού και του 21ου αιώνα. Ένας λαός που επέλεξε να ζήσει με αξιοπρέπεια, σε πείσμα της φτώχειας, των αποκλεισμών και των απειλών. Ένα κοινωνικό πείραμα που – με όλες του τις αντιφάσεις – δεν αμφισβήτησε απλώς κυβερνήσεις ή καθεστώτα, αλλά το ίδιο το σύστημα της καπιταλιστικής κυριαρχίας.

Το βιβλίο αυτό επιχειρεί να φωτίσει κρίσιμες πτυχές της Κουβανικής Επανάστασης, της σοσιαλιστικής οικοδόμησης, αλλά και της ανελέητης προπαγάνδας που τη συνοδεύει μέχρι σήμερα. Προσεγγίζει με ιστορικό
βάθος, θεωρητική συνέπεια και πολιτικό ρεαλισμό τα διλήμματα, τις νίκες και τις ήττες ενός μοναδικού ιστορικού παραδείγματος.

Η Κούβα δεν αποτελεί απομεινάρι μιας άλλης εποχής, αλλά απόδειξη ότι εναλλακτικοί δρόμοι ανάπτυξης και κοινωνικής οργάνωσης εξακολουθούν να υπάρχουν. 100 χρόνια μετά τη γέννηση του Φιντέλ Κάστρο, η φλόγα της επανάστασης εξακολουθεί να καίει. Όχι ως «μαυσωλείο ξεπερασμένων ιδεών», όπως επιδιώκει να το παρουσιάζει το κυρίαρχο ιδεολογικό αφήγημα του καπιταλισμού, αλλά ως ζωντανή υπόμνηση ότι ο σοσιαλισμός-κομμουνισμός παραμένει αναγκαίος και επίκαιρος όσο ποτέ άλλοτε.

ISBN: 978-618-88283-0-8
ΣΕΛΙΔΕΣ 192, Μέγεθος 17×24
ΤΙΜΗ: 18€
ΠΛΗΡΟΦΟΡΙΕΣ ΠΑΡΑΓΓΕΛΕΙΕΣ
2108640054
6932479731
newstarcine@gmail.com

Nikos Mottas: «Cuba Sends Doctors. The USA Sends Bombs»

By Nikos Mottas

There are moments when history reduces itself to a single, unavoidable contrast. Today is one of them. As renewed threats and economic aggression once again emanate from Washington under Donald Trump, an old truth regains its sharpness:

Cuba sends doctors. The United States sends bombs.

This is not a slogan invented for effect. It is a reflection of two opposing social systems, two different priorities, two irreconcilable visions of what a society should produce—and for whom.

For more than sixty years, socialist Cuba has lived under blockade, sanctions, financial isolation, and constant political hostility from the United States. The goal of that pressure has never been hidden. From the early days after 1959, Washington’s strategy aimed at economic suffocation: restrict trade, choke access to credit, create scarcity, and force the population to turn against its own revolutionary project.

It did not work.

Instead of collapsing, the island reorganized itself. Instead of militarizing its society, it invested in education and public health. When much of the pre-revolutionary medical elite left the country expecting the Revolution to fall, Cuba made a historic decision: it would form a new generation of doctors drawn from workers and peasants. Healthcare would not depend on wealth. It would be universal, preventive, and public.

Under the leadership of Fidel Castro, scarce resources were directed not toward stock exchanges or private insurance conglomerates, but toward polyclinics, vaccination programs, and medical schools. In a poor country under siege, the Revolution chose to multiply doctors.

That choice transformed Cuba internally. Life expectancy rose. Infant mortality dropped to levels comparable with developed nations. Entire rural areas that had been abandoned under the old order received consistent medical care for the first time. Health ceased to be a commodity and became a social guarantee.

But Cuba did not stop at its own borders.

Time and again, when disaster struck elsewhere, Cuban medical brigades were there. After earthquakes in Latin America, hurricanes in the Caribbean, epidemics in Africa, and pandemics that paralyzed wealthy nations, Cuban doctors boarded planes carrying not weapons but stethoscopes. In the midst of Ebola’s devastation in West Africa, it was Cuban medical personnel who arrived in significant numbers when many powerful countries hesitated. During the COVID-19 crisis, Cuban brigades assisted overwhelmed healthcare systems abroad while the island simultaneously developed its own vaccines despite the blockade.

This is not charity diplomacy. It flows from a different organizing principle. A planned economy, even one with limited material wealth, can prioritize the defense of life because it is not governed by private profit.

Now look at the other side of the contrast.

The US commands the largest military budget in history. Its defense spending surpasses that of entire regions combined. It maintains hundreds of overseas bases and has been involved—directly or indirectly—in wars, invasions, regime-change operations, sanctions campaigns, and covert interventions across continents. From Southeast Asia to the Middle East, from Latin America to Eastern Europe, its foreign policy has consistently relied on military leverage and economic coercion.

At home, millions of Americans struggle with medical debt. Entire communities face inadequate healthcare access. Life-saving medication can be priced beyond reach. Yet there is no comparable hesitation when funding new weapons systems, expanding military alliances, or modernizing nuclear arsenals.

This contrast is not about national character. It is about structure.

Capitalism in its imperial stage concentrates wealth, protects corporate power, and projects military force to secure economic interests. Socialist construction—however constrained by massive external pressure—attempts to allocate resources according to collective need.

For more than six decades, the US blockade has attempted to make daily life in Cuba unbearable. It restricts access to medical equipment, fuel, spare parts, financial transactions, and international trade. It punishes third countries that attempt normal economic relations with the island. Every shortage is then cynically cited as proof that socialism “fails,” while the external chokehold is treated as invisible.

And yet, despite all this, Cuba continues to graduate doctors in remarkable numbers. It continues to dispatch medical brigades abroad. It continues to treat healthcare not as a luxury but as a right.

That reality is politically dangerous.

Washington is unsettled not by Cuban strength, but by Cuban example. A small Caribbean nation, ninety miles from Florida, demonstrating that education can be free, that healthcare can be universal, that solidarity can cross borders without corporate contracts—this stands as a quiet but persistent rebuke to the dominant model.

The difference can be expressed simply:

One system invests in aircraft carriers; the other invests in pediatricians

One system refines sanctions; the other refines vaccination campaigns.

One system speaks of “freedom” while tightening economic sieges; the other sends medical teams to communities that cannot pay.

Cuba is not a utopia. No society operating under permanent external pressure can be free of contradictions or difficulties. But its priorities are unmistakable. When faced with scarcity, it chooses to educate. When confronted with crisis, it chooses to heal. When attacked economically, it responds by training more doctors.

That moral orientation matters.

Cuba, a small island just ninety miles from Florida, keeps demonstrating that another world is possible — not through declarations and speeches, but through doctors, classrooms, and solidarity. And that living example is what the empire will never forgive.

* Nikos Mottas is the Editor-in-Chief of In Defense of Communism.  

Source: idcommunism.com